Lunes, 26 de Octubre de 2020

Para llegar al Palacio de la Moncloa, Pedro Sánchez no escatimó en hacer promesas que luego no solo no ha cumplido sino que ha hecho exactamente lo contrario de lo que decía.

La ya célebre frase de «no dormiría tranquilo con Podemos en el Gobierno, como el 95% de los ciudadanos de este país» es solo la punta de iceberg de una retahíla de afirmaciones que han resultado ser burdas mentiras.

La última de ellas ha sido la referente al Poder Judicial. PSOE y Unidas Podemos presentaron ayer una proposición de ley para cambiar el sistema de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial

La propuesta contempla cambiar el sistema actual de elección de 12 de los 20 componentes del CGPJ de tal manera que los 3/5 actuales de mayoría del Congreso y el Senado necesarios, solo lo serían en primera vuelta mientras que en segunda bastaría con la mayoría absoluta.

De esta manera, el actual Gobierno de coalición PSOE-Podemos podría cambiar actualmente el CGPJ con sus socios de investidura.

Pero Sánchez no siempre quiso controlar el CGPJ -o por lo menos, eso decía-. En 2016 el actual presidente proclamaba como podía entenderse con Podemos para, por ejemplo, aprobar un Ingreso Mínimo Vital pero no para que jueces y fiscales estén a sueldo de Iglesias y Monedero.

Además, abogada por la despolitización del CGPJ y porque los partidos dejen de proponer candidatos. Igualito que ahora.

El escándalo en torno a este giro de guion, en medio de la casi imputación del vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, ha sido mayúsculo.

Igual de mayúsculo que cuando Sánchez optó por quitarse definitivamente la careta y legitimar a los pro-etarras de Bildu como interlocutores válidos después de haber proclamado, por activa y por pasiva, que el Partido Socialista nunca pactaría con ellos.

Todos recordarán aquella entrevista en la que, no falto de chulería, Sánchez repetía cual gallito al presentador: «Si quieres lo digo cinco veces o veinte durante la entrevista, con Bildu no vamos a pactar».

Sin embargo, no solo Sánchez fue finalmente investido presidente el pasado mes de enero gracias a la abstención de Bildu sino que en mayo pactó con ellos la derogación íntegra de la reforma laboral del PP y ahora negocian con ellos los Presupuestos Generales del Estado.

Además, el presidente se dedica a dar el pésame a los diputados del partido por el suicido de un etarra en la cárcel.

Por supuesto, Sánchez tampoco quería el apoyo «ni directo ni indirecto» de los independentistas catalanes para gobernar porque, consideraba entonces, era algo «que España no merecía».

Así se lo dijo claramente a la periodista Susana Griso en junio de 2016. Para variar, faltó a la verdad. O, por lo menos, cambió drásticamente de criterio.

Otra de las últimos embustes de Sánchez es el de Madrid. Apenas días después de reunirse con la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, y de asegurarle que quería colaborar con la comunidad y «en ningún caso, imponer o tutelar», implantaba el estado de alarma en contra del criterios de las autoridades sanitarias regionales y del propio gobierno de Díaz Ayuso.