Lunes, 18 de Octubre de 2021

En 1945, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, se llevó a cabo una encuesta en Francia en la que se preguntaba por el país que más había contribuido a la caída de Hitler. Aquel año, más de la mitad de la población aseguró que había sido la Unión Soviética. Setenta años más tarde, en 2004, al realizar la misma encuesta, un 60% sostenía que había sido Estados Unidos.

El marketing no solo vende, tiene el poder de moldear la realidad, de redefinirla. La publicidad – buena o mala – cambia la percepción de un producto, de una idea, de un político. La información bien transmitida convence; y mientras la derecha se enroca en el rey, en Dios y en el dinero, la izquierda ha entregado su alma a la comunicación.

Porque, las cosas claras, el mensaje de la izquierda depende de su propaganda, de captar a personas inseguras con ganas de afirmar aquello de que “yo soy mejor que tú”. Perdió su sentido, hace ya tiempo, la lucha de clases. Muchos sostienen que vivimos una batalla cultural, pero no es así. Lo que estamos presenciando es más viejo que el mundo. Lo que se disputa, día tras día, es la batalla de lo moral.

Y es que es lo de siempre: ¿quién es un buen ciudadano? Los criterios cambian con los años pero la persecución es la misma. Hace cincuenta, cien años, el carnet de buen español lo entregaba la Iglesia. Ahora lo decide la izquierda.

¿Comes carne roja? ¿Conduces un coche de gasolina? ¿Ondeas la bandera de España?

Cada vez que escucho gritar a un energúmeno la palabra “fascista” – la cara congestionada, esa rabia que no entiende brillándole en los ojos – puedo intercambiarle, sin problema, por otro energúmeno de hace cien años que escupe la palabra “pecador”.

La religión, el franquismo (en este caso la palabra mágica sería “rojo”), la izquierda progresista. Todo es exactamente lo mismo. El ser humano como inquisidor. Pobres diablos, masa mediocre, con la necesidad galopante de pertenecer al colectivo predominante y saberse arropado por él. Sentirse superior al que no piensa como ellos. Condenar al diferente – denunciarle, hundirle. Acabar con la disidencia.

Es agotador querer ser libre y que alguien – desde un púlpito o desde la redacción de un periódico – te dicte lo que tienes que pensar, lo que tienes que comer o con quién debes acostarte. Es desalentador ver cómo, en la España de hoy en día, hay inútiles sin preparación con cargos de responsabilidad, únicamente por pertenecer a la corriente ideológica del momento. A la izquierda se le llena la boca de progresismo, pero sólo trae recetas antiguas y métodos puestos en práctica durante miles de años: la persecución del que piensa diferente y el amparo de los criminales dentro del movimiento.

Que el Telepizza de Ayuso en los menús infantiles haya ocupado las noticias de todo un mes (a veces tengo la sensación de que Díaz Ayuso ha sido la presidenta del Gobierno durante la pandemia) – pero que no se sepa el más mínimo detalle sobre los abusos sexuales de Baleares es una aberración. Una de tantas. La anormalidad democrática que ahora tanto se pregona.

Pero claro, son de los nuestros. Si son curas pederastas, sí. Si son políticos de Podemos, no. Se puede ser un inútil (como Ximo Puig y su estupendo hospital de campaña) si eres de izquierdas. La prensa te lo perdona. Puedes ser un borracho, estampar tu coche contra un árbol y huir; haber formado parte del gobierno regional andaluz más corrupto de la historia de Europa, falsificar una tesis doctoral, malversar dinero público. La prensa – la Iglesia, Franco – te perdona si comulgas con su credo. Y en este caso, en nuestro flamante siglo XXI, la absolución depende de si defiendes la okupación, el sobreendeudamiento, el aumento del gasto público – nunca la optimización de los recursos –, la inmigración sin control y que las mujeres pueden tener pene.